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A nivel internacional parecen haber tenido un mismo nivel de repercusión los hechos en la Asamblea Nacional del 30 de abril, que la protesta de Henrique Capriles Radonski sobre un resultado ilegítimo de la elección presidencial dos semanas antes. Aquel vídeo, grabado con el teléfono celular de un diputado suplente, en el que se ve a varios parlamentarios agredir a sus colegas en plena sesión del Poder Legislativo venezolano, y las consecuencias que esos golpes dejaron en las víctimas, resonaron por el mundo tanto o más que la posibilidad de que se hubiera cometido un fraude electoral.

Y es que aunque sea relativamente común ver peleas en hemiciclos alrededor del mundo, no es habitual que éstas sean golpizas más que enfrentamientos, y que se den en un contexto en el que la minoría esté físicamente acorralada, y tenga prohibido el derecho de palabra, elemento básico de su labor como representantes de millones de ciudadanos.

Con Nicolás Maduro recién electo, ese evento en la Asamblea Nacional y la manera en la que fue manejado le dieron al mundo la posibilidad de conocer con más detalle a Diosdado Cabello, Presidente de la Cámara y figura fundamental del chavismo.

Ese mismo cuya gestión como gobernador de Miranda recibió decenas de denuncias de corrupción, ese que desde dentro del chavismo fue acusado de formar parte de la “derecha endógena”, ese mismo que desde la Presidencia del Poder Legislativo silencia a los disidentes, convoca apenas una sesión cada una o dos semanas e interrumpe los pocos derechos de palabra que permite. Ese mismo que ha sido Vice-Presidente, Ministro de Infraestructura, Ministro de la Secretaría de la Presidencia y Ministro del Interior.

Es Diosdado Cabello quien hoy dirige una especie de gobierno paralelo al de Maduro, sin enfrentamientos públicos ni grandes divergencias con su “camarada”, pero con una clara agenda propia, llevada de la mano por su antiguo compañero de armas y presidente de la Comisión de Contraloría del Parlamento, Pedro Carreño.

Han sido ellos los encargados de liderar la persecución en contra de distintos dirigentes opositores, y de atemorizar a más de uno para lograr su conversión antes que su perdición. Y eso es lo que llevó esta semana al caso de Richard Mardo.

Diputado por el estado Aragua (centro del país), Mardo es una reciente figura en el plano político nacional de Primero Justicia, partido que se asoma como el más fuerte de la oposición venezolana. El pasado 5 de febrero, durante una sesión plenaria, el propio Diosdado Cabello acusó a Mardo por una serie de fondos que habría recibido de forma ilegítima. Dijo que estaban iniciando una lucha contra la corrupción y que la inmunidad parlamentaria no sería un obstáculo para castigar este delito.

Curiosamente, minutos después del discurso de Cabello, otro diputado opositor, Hernán Núñez, de manera sorpresiva y en vivo y directo, criticó a sus compañeros de bancada, rompió con ellos y cruzó física y figurativamente las líneas para abrazar a quienes hasta entonces eran sus rivales, e inscribirse en las filas del chavismo. En 2011 Núñez había sido denunciado en su natal estado Sucre (oriente) por un grupo de personas afectadas por una estafa inmobiliaria. No se ha vuelto a hablar de esos hechos.

Pero ese no es el caso de Mardo. Tras las denuncias de Cabello en febrero, las instituciones han actuado con una celeridad sorprendente, y ya esta semana el Parlamento, con una manipulación Constitucional liderada por su Presidente, allanó la inmunidad del diputado, que ahora será investigado por la Fiscalía tras solicitud del máximo tribunal del país.

Aunque las denuncias en su contra hayan cambiado con el paso de los días, y la defensa asegura que uno de los cheques con los que lo incriminan fue forjado, el diputado opositor probablemente termine tras las rejas o al menos quede inhabilitado políticamente. Y no será el último: ya una comisión investiga un audio de la diputada María Corina Machado en el que dicen estaría tramando planes en contra de la democracia venezolana.

Nada de esto debe sorprender, sobre todo si nos apegamos a las propias palabras que Diosdado Cabello ha dicho y ha repetido en varias ocasiones: “Chávez era el muro de contención de muchas ideas locas que se nos ocurrían a nosotros”. Quizás la única satisfacción para los opositores sea el resultado de una reciente encuesta, en la que el Presidente del Parlamento es la figura política con mayor rechazo en el país, aunque la popularidad no suele preocupar a los dictadores.

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