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El pasado miércoles el mundo entero volvió a comprobar que la locura a la que el chavismo está sometiendo a Venezuela está sobrepasando todo límite conocido y aceptable. Nicolás Maduro anunció que el rostro de Chávez se apareció en piedra en el subsuelo de Caracas a unos trabajadores de una nueva línea de metro actualmente en construcción. Tal cual lo oyen, como si del rostro de Jesucristo sobre la Sábana Santa se tratara.

Según su relato, el hallazgo se produjo a las 2 de la mañana, y los mineros tomaron una imagen de la roca -que después Maduro mostró ante los medios de comunicación-, y menos mal que lo hicieron, porque al día siguiente, oh casualidad, la cara ya no estaba. Había desaparecido por arte de magia, o de propaganda política, que en la Venezuela bolivariana cada vez más vienen siendo la misma cosa.

Más allá de que hay que echarle imaginación a la pared en cuestión para ver la mirada del difunto dictador, este suceso -que Maduro afirma que no tiene explicación y que hace que se le “paren” “los pelos nada más de contarlo”-, confirma que cada vez más el populismo venezolano está mutando hacia un mesianismo basado en la figura de Chávez.

“Eso es para que ustedes vean que Chávez está en todas partes”, afirmó Maduro al concluir el relato de la aparición del rostro chavista. Como estrategia política este truco no es nuevo dentro del bolivarianismo. Recuerden hace unos meses, cuando en plena campaña electoral Maduro ocupó las portadas de los periódicos afirmando que Chávez se le había aparecido en forma de pajarito. Esa campaña que, por cierto, tenía al ex dictador en el centro de sus dos lemas principales: “Chávez te lo juro, yo voto por Maduro” y “Chávez vive, la lucha sigue”.

Todo esto podía entenderse dentro del contexto del momento: Chávez acababa de morir, y su sucesor se batía el cobre con Henrique Capriles, líder de la oposición, en unas elecciones en las que logró tirar por la borda todo el capital político de su antecesor -que no era poco-, y en las que, de hecho, es muy cuestionable que él fuera el legítimo vencedor. En cualquier caso, a pocos días de los comicios tan nefasto político necesitaba revivir a su mentor para evitar una debacle electoral y tratar de mantener unido a un chavismo que empezaba a resquebrajarse por dentro.

De ahí que recurriera a aquello de lo que muchos dictadores han echado mano en el pasado para consolidar su posición: la deificación o mitificación del líder. Sucede en Corea del Norte con Kim Il-sung, en China con Mao Zedong y sucedió en la Unión Soviética con Lenin. Se crea así una pseudo-religión que es detestable, por cuanto que recurre a la parte sensible y vulnerable de la gente –sus creencias- para justificar las barbaridades de sus regímenes y perpetuarse en el poder.

Vale la pena ver el vídeo del último show de Maduro para advertir también cómo este mesianismo, esta nueva “religión” del chavismo, es adoctrinado en las personas. Ahí aparece con su habitual vestimenta, informal, nada de chaquetas y corbatas, con los colores patrios, un atuendo que busca darle un toque de cercanía con el pueblo, buscando que éste no le identifique como un político, sino como un ciudadano más, como el chófer de bus que a todo venezolano le gustaría tener. Pero que a nadie le confunda su atuendo y le lleve a pensar que el ambiente es distendido; batuta en mano, moviéndola enérgicamente, como si fuera un maestro a la antigua usanza, buscando que todos sigan su discurso y su guión oficial, Maduro lanza sin ningún rubor sus arengas políticas sobre “la mirada de la patria” y su mensaje acerca de la omnipresencia de Chávez.

Ahora bien, no es tiempo electoral, como cuando se “apareció” el pajarito. ¿Qué puede haber motivado al chavismo a organizar este nuevo circo? En mi opinión, tanto las formas como el fondo de este asunto revelan que las dificultades económicas que el ciudadano de a pie experimenta en el día a día se imponen cada vez más sobre la ideología con la que el régimen pretende tener narcotizada a la gente. De no ser así, no recurrirían a este tipo de shows extremos, de escasa credibilidad. Y es que para que el truco funcione, el engaño tiene que parecer verosímil, y este capítulo del rostro de Chávez traspasa la raya de lo creíble.

A Maduro se le olvida que la gente es inocente y manipulable, pero no estúpida, y menos un pueblo venezolano que cuando apaga la televisión desconecta del “paraíso” bolivariano y vuelve a la realidad de no tener útiles básicos como papel higiénico o medicinas. Eso sí que tendría que provocarle a Maduro que se le pararan los pelos. Y de paso, que se le cayera la cara de vergüenza, porque la precariedad de los ciudadanos es culpa suya y de un chavismo que ha dilapidado los recursos petrolíferos del país y lo ha arruinado, convirtiéndolo en una sucursal ideológica de Cuba y haciendo que la economía esté cada vez más cerca del abismo.

Claramente a Maduro se le acaban las ideas para mantener a flote un país cuya economía hace aguas por todos los lados. Y verle recurriendo al viejo truco de las apariciones de Chávez me da a entender que su posición política es cada vez más débil; muy mal le tiene que ir para que necesite gobernar con “milagros” chavistas. Ojalá que circos mediáticos como el del pasado miércoles sean presagio de que el fin de chavismo está cerca, y de que cada vez falta menos para que los venezolanos puedan vivir en democracia y libertad.

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