Cadáver insepulto

Cadáver insepulto

Chavez y su hija. EFE/ Archivo

El embalsamamiento es una práctica, generalmente usando sustancias químicas, en especial resinas o  bálsamos, con el objeto de preservar de la putrefacción la integridad de los cadáveres. Las referencias más antiguas de la práctica se remontan al antiguo Egipto; sin embargo, se ha descrito que la preservación de los cadáveres usando diversos procesos también se acostumbraba entre las culturas sudamericanas, particularmente en el caso de la cultura Chinchorro, en el norte de Chile, la primera del mundo en momificar artificialmente a sus muertos, y también entre los incas en Perú, aunque mediante técnicas diferentes a las egipcias.

Los faraones de las primeras dinastías fueron considerados inmortales, y eran los únicos seres que podrían seguir viviendo en el más allá. Posteriormente los nobles y altos jerarcas se consideraron merecedores de disfrutar de vida eterna, adoptando también rituales similares de momificación y enterramiento, extendiéndose esta facultad a la mayoría de la población con el paso de los siglos, al evolucionar los sistemas de creencias religiosas.

En la Biblia se menciona que tanto el patriarca Jacob como su hijo el visir José fueron embalsamados tras sus respectivos fallecimientos (Génesis 50:2,3,26) aunque los hebreos no llevaban a cabo dicha práctica funeraria. Lenin, Stalin, Kim Il-Sung, Mao Zedong, Ho Chi Min, entre otros, pertenecen al panteón de los líderes comunistas embalsamados, lo mismo pretendían hacer con el difunto Presidente Hugo Rafael Chávez Frías.

Las crónicas alrededor de los primeros de los nombrados, y sus respectivas momias, nos muestran la futilidad de preservar cuerpos sin vida de seres que marcaron historia y que ahora inmóviles, son condenados a observar la destrucción de su obra y la deshonra de su recuerdo. Al morir Lenin en 1924, su cuerpo fue embalsamado para que millones de trabajadores despidiesen al “líder del proletariado mundial”. Desde entonces yace en el mausoleo de la Plaza Roja de Moscú, visitado sólo por nostálgicos del Soviet, despojado de todo culto.

Según Gabriel García Márquez, el cuerpo parece cortado por la cintura bajo las sábanas de la urna, rindiéndose homenaje (si así fuese) a una mitad de héroe. Con la de Lenin compartió alcoba la momia del “padrecito” Stalin, fallecido el 5 de marzo (¡vaya coincidencia!) de 1953, hasta que Kruschev en 1961 ordenó la “desestalinización” del aparato estatal soviético, enterrando la momia en las murallas del Kremlin, hasta su deterioro final.

Georgi Dimitrov, tirano de Bulgaria, también fue embalsamado para eterna contemplación de su pueblo. La caída del Muro de Berlín hizo que el nuevo gobierno lo sepultara, sólo para que las turbas enardecidas lo exhumaran, cremaran los restos y sepultaran de nuevo las cenizas, por si acaso.

Según el médico de Mao Zedong, Li Zhisui, los 16 litros de formol con que se inyectaría el cadáver del líder fueron aumentados a 22, en exceso de celo. Como resultado, la cara de Mao se hinchó, rezumando formol por los poros, mientras las orejas asomaron en ángulo recto. Hoy Mao reposa en Tian’anmen (Puerta de la Paz Celestial), plaza en la que en 1989 su sucesor Deng Xiaoping aplastó con cientos de muertos una revuelta libertaria.

La momia, incapaz de protesta, ve ahora cómo su obra se ha hecho trizas, en una China brutalmente capitalista, donde lo único que sobrevive de su régimen es el absoluto control político de la sociedad, ajeno a cualquier derecho civil.

Caso aparte es el de la momia viajera de Eva Perón, cuya macabra odisea antes de ser finalmente enterrada a 8 metros de profundidad en una cápsula blindada de acero. Razón tiene García Márquez: “estas cosas son posibles por la mala costumbre de conservar cadáveres para ser adorados por la muchedumbre. Nada se parece menos a la imagen que se tiene de un hombre o una mujer memorables que sus desperdicios mortales arreglados como para una fiesta funeraria”.

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