Colón (Panamá), 20 abr.- Cuando los chiquillos de los barrios pobres de Panamá comprenden la importancia de un manglar o hallan un fósil de cinco millones de años, recuperan la curiosidad, los sueños robados y el privilegio de ser niños.

Este descubrimiento llevó al Laboratorio Marino de Punta Galeta, del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, a convertirse en un puente entre lo más reciente del conocimiento científico y los futuros “premios nobel” de Panamá.

El centro, a orillas del Caribe, siembra en los pequeños estas ansias de saber con visitas guiadas y a través de la capacitación de docentes, un programa intensivo de ciencias naturales y conservación que en 10 años ha beneficiado a 400 profesores.

Un grupo de 40 maestros que inició la experiencia esta semana trabajó el martes en buscar fósiles en la Formación Gatún, una cantera a kilómetros de la costa que entre hace 10 y 5 millones de años era la orilla del mar y donde se hallan ahora milenarias conchas, caracoles, cangrejos, entre otros.

La bióloga Fanny Santamaría dijo que es importante entrar en contacto con lo más reciente en investigación científica para trasmitirlo a sus estudiantes, que cursan entre séptimo y décimo grado en Bocas del Toro, una apartada provincia del Caribe occidental panameño.

Los maestros pasarán dos semanas compartiendo con prestigiosos científicos en Punta Galeta, un oasis de manglar y piscinas turquesas.

Este antiguo puesto militar estadounidense ha recibido desde 1964 a cientos de investigadores del mundo que resolvían sus acertijos entre corales y peces de colores, mientras la ciudad más empobrecida y violenta de Panamá atendía sus propios problemas a tan solo kilómetros.

Pero desde el año 2000 el centro agregó a su médula la educación y desde entonces ya ha atendido a 110.000 estudiantes, el 90 % de escuelas públicas, y a los maestros de ciencias que se han capacitado en el programa intensivo, en alianza con el Ministerio de Educación, relata su director, Stanley Heckadon-Moreno.

El instituto además entrena a guías que expliquen a los visitantes las más recientes y curiosas investigaciones, con pasión y exactitud.

Todos tratan con precisión el impacto mundial del surgimiento del istmo de Panamá -que dividió al Caribe y al Pacífico hace 3,5 millones de años-, la biodiversidad del manglar o las peculiaridades de animales como la estrella, la tortuga o la raya que habitan en el acuario del laboratorio.

Para Heckadon-Moreno, las cuatro patas del centro son investigación, educación, el programa público (de interacción con la comunidad) y la hermosura de la naturaleza, que “tiene la capacidad de impactar a los niños” y abstraerlos de las rudas realidades en las que muchos viven.

“A la edad de seis u ocho años tienen un mapa en su cabeza de en cual calle pueden estar y en cual no (…)”.

“El hecho de que ya en primer grado tengan que aprender primero esto para sobrevivir, los cambia”.

“Pero a los cinco minutos de sentir el mar, las olas o la brisa moviendo los árboles, sonríen, ven a los cangrejos y comienzan a preguntar”.

“Luego, no se quieren ir”, cuenta el antropólogo.

Sus dudas son curiosas, pero “profundamente científicas”, como: “¿cuántas cucharadas de sal usó quien creó el mar?”, una pregunta que le hizo una pequeña indígena de la comarca Ngäbe Buglé que nunca había visto el mar.

El doctor está seguro de que “no se está arando en el mar” y lo ve en casos como el de una niña que estuvo en el grupo inaugural del programa educativo del laboratorio y regresó diez años después como estudiante de biología seleccionada en un programa de protección de tortugas en Costa Rica.

Por eso se concentran en impactar a los niños de educación primaria, “para agarrarlos desde chiquitos, despertar el interés de que la ciencia es fascinante y que la historia del istmo, particularmente, es apasionante y tiene unas implicaciones trascendentales para la evolución del planeta”.

 

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