Los mercados financieros internacionales han volcado su atención sobre nuestro país esta semana, al conocerse la orden del Ejecutivo Nacional de reestructurar masivamente la deuda. El hecho de pensar en una reestructuración indica que la actual administración necesita otros términos de pago para sus compromisos y que, por lo tanto, no le resultan manejables los actuales.

Como suele suceder con quienes hoy manejan el país, todo este asunto no deja de tener un lado opaco, que se llena con suposiciones al carecerse de certezas. Circunstancia que por cierto, hace más daño aún que la peor de las realidades, al dejar flotando en el aire un halo de desconfianza. La deuda externa venezolana está estimada en unos 150 mil millones de dólares, según fuentes de Wall Street. Y esto, sin contar las deudas comerciales con proveedores, socios y contratistas; amén de los compromisos con Rusia y China.

Estos últimos tienen un componente político contaminando el asunto netamente financiero. Sin embargo, habrá que ver hasta qué punto lo monetario puede quedar disculpado si se ponen de por medio las afinidades de pensamiento ¿Serán los rusos y los chinos la caballería que llegue a salvar la situación? ¿O pesará más el vil metal?

¿Salir de este atasco? Sí, es posible. Pero el margen de maniobra es cada vez menor y tendría que pasar por ineludibles decisiones radicales, como un giro de 180 grados en la política económica, un golpe de timón que nos lleve en la dirección contraria al precipicio que hoy enfrentamos. Es muy duro reconocer un error. Es más duro reconocer muchos. Y peor aún si han sido continuados. Pero es la única salida.

El fardo de equivocaciones que se ha ido alimentando durante casi veinte años se hace cada vez más pesado. Y entre todas ellas quizá la que más pesa es la terca y nociva negativa a rectificar, la inconcebible insistencia en seguir errando.

La cosa es que hemos avanzado tanto en el disparate, que ya no basta una nueva declaración de principios, un “propósito de enmienda”, como enseñan las clases de catecismo. Ya se trata de hechos, es la única manera de recuperar credibilidad. Y de trabajo. De trabajo en la dirección correcta, para más señas. Se insiste en el lugar común de que somos un país rico, pero no actuamos como tal. Y es que, en realidad lo somos y todos lo sabemos. Pero estamos pésimamente administrados.

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