por Rafael L. Bardají

 

El premio Nobel de economía, Milton Friedman, dijo una vez que se puede tener una política de fronteras abiertas o un estado de bienestar, pero que “no se puede tener fronteras abiertas y un estado de bienestar al mismo tiempo”. Con toda certeza, los más de cien mil manifestantes que recorrieron las calles de Barcelona el fin de semana pasado exigiendo a España y el resto de Europa acoger más refugiados, no lo sabían. De ahí, sin duda, que los medios de comunicación tradicionales, corrieran a aplaudir esta iniciativa cívica. Yo no. Defender la emigración descontrolada es de necios o de suicidas.

Sobre la emigración, en España, se han dicho muchas tonterías sobre la base de que somos un país de emigrantes. Normalmente nos quedamos con los vagos recuerdos de ese millón de españoles que salió a Europa, esencialmente Alemania, en los primeros 60 para forjarse un destino mejor. Pero la mayoría olvida cómo se encauzó legal y administrativamente aquel flujo. Lejos de ser un fenómeno incontrolado. Si nos fuéramos mucho antes en la Historia, con la colonización de América, nos deberíamos preguntar qué idea sacarían los indios nativos de nuestra llegada. Porque la emigración actual posiblemente tiene mucho más que ver con nuestra conquista, que con la migración económica que permitió el boom español de los 60. Pero eso es otra historia.

Oponerse a la emigración es un tabú en nuestro país. Desde la derecha, la arribada de emigrantes siempre se ha entendido como un hecho positivo ya que se considera al emigrante una unidad económica. Mano de obra barata; contribuyente a las arcas del Estado; consumidor. Desde la izquierda, refugiados y emigrantes son un asunto sentimental, emocional, donde plasmar nuestra bondad y buenos deseos de amor, paz, solidaridad y concordia. Es más, se trata de hacernos perdonar los pecados del colonialismo considerando a los de fuera tan dignos de derechos como los nacionales. Da igual si ese colonialismo fue benigno, modernizador o un desastre. Y, sin embargo, la racionalización economicista de la emigración es a todas luces incompleta y la emocional, sencillamente cultural y socialmente suicida.

Cierto, el emigrante que trabaja es un factor añadido de producción, pero también es una unidad de consume nuestros recursos. Y en una cantidad nada desdeñable. Dada la dispersión de contabilidades entre gobierno central, gobiernos autonómicos y ayuntamientos, es imposible hoy por hoy contar con una cifra realista de las subvenciones que se dan a los extranjeros en España. De vez en cuando, y de manera anecdótica, nos enteramos que tal o cual jihadista apresado por las fuerzas de seguridad del Estado, cobraba de aquí o allá. Por ejemplo, Ahmed Bourgueba, argelino de 31 años, condenado el pasado diciembre por la Audiencia Nacional por delitos de terrorismo, recibía del Gobierno Vasco 875 euros mensuales de su fondo contra la exclusión social. Igualmente, Said Lachhab, marroquí detenido en Vitoria hace unos pocos días, cobraba cerca de 1.800 euros en diversas ayudas sociales incluso mientras estaba combatiendo en Siria.

Otras estadísticas oficiales también resultan engañosas. Por ejemplo, suele citarse que las visitas a médicos de cabecera de la seguridad social por parte de los emigrantes, está por debajo de la media nacional. Pero se ignora que es porque acuden a urgencias por cuestiones médicas que los españoles tratan con sus médicos de cabecera. Las últimas cifras oficiales sobre aportación económica de la emigración datan de 2006 y su metodología está en entredicho. Costes asociados, remesas salariales que salen del país; economía sumergida; y otros intangibles, que no se contabilizan nunca.

Suele afirmarse que, dado que la mayor proporción de emigrantes proviene de América Central y del Sur, los problemas de integración que otras nacionalidades tienen en países vecinos, aquí apenas se dan. Pero no es cierto. Pero el idioma no lo es todo. De hecho, el castellano ha sido lo primero que ha sufrido, deteriorándose para acomodar modismos que nos han sido ajenos. Las formas también han sufrido. Claro, que estos aspectos suelen importar bastante poco incluso a los españoles. Hay otros fenómenos que llaman más la atención del español, como el turismo médico o las bandas criminales, maras o como se quieran autodenominar. No en balde casi el 30% de la población reclusa es extranjera. Según los datos de la Secretaria de Estado de Seguridad, mientras que los ciudadanos de origen marroquí no llegan al 2% de la población total en España, cometen casi el 20% de los asesinatos que tienen lugar en nuestro país. Sólo los rumanos, como colectivos, cometen más actos delictivos que los marroquíes, aunque son casi todos menos graves, al atentar más contra la propiedad que contra la persona. Y que conste que sólo hablamos de condenados, porque como bien sabemos, por desgracia, muchos delitos quedan sin su justo castigo.

El hecho de que, a pesar de la supuesta contribución neta a la riqueza nacional por parte de los emigrantes, el Estado continúe gravando a sus ciudadanos con más y más impuestos, contradice un poco la lógica economicista. Habida cuenta de que el estado se gasta las grandes partidas en programas sociales. ¿Si tanto y tan bueno aportan, no sería viable reducir esos gastos y los consabidos impuestos?

En fin, de la emocionalidad como base para obrar como si las fronteras no existieran, poco se puede decir. Es una respuesta egoísta de quienes quieren sentirse bien a costa del dinero de los demás. Marine le Pen puso colorada a la estrella de las entrevistas Ana Pastor cuando le preguntó cuántos emigrantes acogía en su casa. ¿Cuántos emigrantes acogen los 150 mil manifestantes de Barcelona? No, las quejas y las demandas siempre tienen que ser resueltas por otros, por las instituciones. O sea, por nuestro dinero vía impuestos y subvenciones.

Hay una app que cualquiera puede descargarse en el móvil que monitoriza los movimientos de los buques en la mar. Si uno se toma la molestia de analizar los movimientos de las naves de las ONGs que dicen rescatar a “refugiados” frente a nuestras costas, sólo puede concluir con que esa labor de socorro obligada por estar en nuestras aguas, es una completa falacia. Las mafias lanzan una señal de socorro tan pronto como las pateras dejan las playas y nuestros barcos se lanzan a socorrerlas no frente a nuestras costas, sino frente a las costas de Libia. Por eso cuando se produce una desgracia, como los 74 emigrantes muertos de ayer, los cadáveres fueron encontrados de donde nunca debían haber salido: una playa de Libia.

Quien defiende la acogida masiva de “refugiados” (aunque no vengan de países en conflicto) hoy es porque, consciente o inconscientemente, apuesta por el multiculturalismo y el relativismo. Es porque no le importa que se creen guetos donde la ley sea distinta, donde las costumbres sean distintas, donde la lengua sea distinta. Donde, y eso es lo verdaderamente importante, la concepción de la vida, de la sociedad, de las instituciones políticas, sea distinta. Donde, lo peor, no sólo no se quiera la asimilación en el país de acogida, sino que se rechacen las leyes y costumbres de quien les abren sus brazos. Que el nombre más común en el registro civil en Inglaterra sea Mohamed por cuarto año consecutivo, debería decirnos –y preocuparnos- algo. Que las piscinas municipales de Oberhausen, una ciudad media alemana que cuenta con más del 21% de su población que son refugiados, hayan tenido que cambiar sus usos para acomodar la separación por género y permitir el uso del burkini, también nos debería hacer pensar.

Nos guste o no, la verdad es que la ola de emigración que se ha abalanzado sobre Europa nos trae personas que no conocen nuestro sistema de vida, que nunca han podido vivir en una sociedad abierta y democrática y a muchos que rechazan tener que vivir como nosotros. Por eso, defender hoy una política de llamada o de puertas abiertas es simple y llanamente suicida. Es alimentar el cáncer antiliberal y antidemocrático en nuestro propio cuerpo.

Aún peor, como bien sabemos, muchos de los jihadistas que han cometido atentados en Europa, desde Alemania al sur de Francia entraron en la UE disfrazados como refugiados. Hoy Interpol sospecha de cientos de “refugiados” como infiltrados del terrorismo islámico, listos para cometer sus atrocidades en nuestro suelo y contra nosotros. La emigración descontrolada es también un asunto de seguridad nacional.

A nuestro impertérrito presidente, Mariano Rajoy, le hemos podido oír alto y claro en televisión “yo no creo en las fronteras”. Es una pena, porque nuestra cultura, nuestras normas, nuestra moral, vienen definidas por ellas. De hecho, siempre he creído que era la principal obligación de un Estado defender a su población y su territorio. Ahora veo que me equivocaba.

————————————————————————————-

USA Hispanic no se responsabiliza del contenido de los artículos de opinión, siendo cada autor responsable de sus propias creaciones.

ad

No hay comentarios

Dejar respuesta