Thais Hernández.

Muchos creen que hemos llegado al clímax de la radicalización. Con eso en mente, la conclusión que sacan es: 1) que la batalla final está cerca y 2) la Revolución se fracturará, definiendo el resultado a favor de la oposición. Estas conclusiones, aunque basadas en un supuesto erróneo, forman parte de uno de los desenlaces posibles, pero no el único ¿Cuál es el supuesto erróneo? Que estamos en el clímax de la violencia. Lo que hemos visto no es comparable a lo que podemos ver.

El Gobierno ya no tiene límite para enfrentar a sus enemigos. Su costo de salida es infinito y se volaron las vallas de contención, locales e internacionales, pues sabe que no puede ganar una elección, como también que la comunidad internacional le acusa de violaciones a los derechos humanos y democráticos, algo que no cambiará por maquillar su acción. Entiende además, que su salida representaría la destrucción de la revolución y sus líderes.

Entonces, su acción es previsible: se rompen las cadenas con las formas para preservar un mínimo de apariencia institucional y se despliega una estrategia de control político y radicalización, usando toda la fuerza institucional, militar y paramilitar, sin barreras. La Constituyente no es un capricho del Gobierno. Es una estrategia de subsistencia.

Hay que cambiar la Constitución y especialmente ese requisito para preservar la Revolución. Pero además, es necesario tener la ANC como mecanismo a través del cual se pueden neutralizar y destruir enemigos alborotados, gobernará como un soviet y todos quienes intenten oponerse serán pulverizados.

Por el otro lado, el Gobierno ha convertido a la oposición en otro Kamikaze. Públicamente le amenaza con su destrucción total una vez aprobada la Constituyente. Ha dicho que disolverá el Parlamento, apresará diputados, gobernadores, alcaldes y líderes opositores que considere peligroso y desfenestrará a la Fiscal, todo bajo la supremacía institucional de la ANC, que en realidad será el equivalente a un Congreso del PSUV.

Los opositores entonces convierten el 30 de julio en el día final y la Asamblea Nacional se declaró en desobediencia y en rebelión popular. Eso abre el escenario de batalla final y podría producir las fracturas y cambios, como plantean algunos analistas y políticos. Pero hay otra posibilidad, que esa batalla final sea controlada por un sector militar que se mantiene alineado complemente con el Gobierno y usa más fuerza y violencia de la que hemos visto hasta ahora.

 

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