La viuda de Sarepta. La capacidad de la empatía.

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Reflexión de la Lectura del santo evangelio según san Marcos (12,38-44): Domingo 8 Noviembre.

La viuda de Sarepta

Quizá una fuerza portentosa, una mirada con rayos x, una velocidad de vértigo o la tan pretendida invisibilidad fuesen algunos de los poderes mágicos que nos gustaría poseer si fuésemos algunos de nuestros héroes de comics favoritos. Pero todos esos poderes se vuelven relativos cuando nos damos cuenta de lo que significa poseer la capacidad de la empatía: ese poder mágico que nos ayuda a adentrarnos en el mundo del otro para poder entenderlo y comprenderlo.

En el mundo del Antiguo Testamento, los huérfanos, las viudas y los extranjeros eran considerados como las personas más indefensas y desamparadas. Y precisamente una de ellas, la viuda de Sarepta (1 Re 17, 10-16), no duda a la hora de compartir todo lo que tiene pues sabe lo que significa sentirse marginado y desamparado. En vez de escuchar la voz de su instinto de supervivencia ante la petición del profeta,  fue capaz de guiarse por su capacidad empática.

Recuerdo una sesión de catequesis del pasado año en la que cada niño tenía que abrir una caja pequeña para ver qué contenía. Y al hacerlo tenía que identificar su contenido y comentar qué le había gustado más de aquello que acababa de ver. El interior de la caja contenía un espejo. Y al verlo, la mayoría de ellos sonreía y comentaba algo positivo de su propia imagen. Sin embargo, uno de ellos se entristeció y comentaba que se había visto a sí mismo y que él era tonto. Mientras intentaba reconducir la situación, una compañera de siete años ya le había cogido la mano y mirándolo a los ojos le preguntaba: “¿cuánto es cinco por cuatro?” “Veinte”, contestó él. ”¿Y cuatro por ocho?” “Treinta y dos”, volvió a responder. Y con una preciosa sonrisa le dijo ella: “¿ves como no eres tonto?”. Sin darse cuenta había puesto en marcha una gran ocurrencia afectiva y sobre todo creativa. La empatía estaba en la base.

“En el arranque de cada pensamiento hay una emoción”. Todos experimentamos emociones positivas o negativas. O más bien emociones útiles o perjudiciales (ira, tristeza, desconfianza, inseguridad…) Y estas emociones se presentan de un modo muy cotidiano en nosotros. Pareciera que fuese nuestra reacción natural ante casi cualquier evento, de tal modo que aún a pesar de tener claro que nuestra vocación es la de ser felices y vivir alegres acabamos programándonos más para sobrevivir que para vivir: nos desenvolvemos en un ambiente tan competitivo que acabamos desarrollando patrones emocionales a la defensiva. Tendemos a temer mucho más de lo que realmente tendríamos que temer.

Necesitaríamos, por tanto, un balón de oxígeno, un espacio para la confianza, donde más que defenderme o justificarme, simplemente pueda vivir. Necesitamos un espacio donde poder bajar las defensas y disfrutar con todo lo bueno, lo positivo y lo agradable que hay dentro de mí.

Sin duda alguna es a partir de una actitud empática desde la cual podemos comenzar a construir esos espacios de confianza donde podremos darnos cuenta de lo que le sucede a nuestro alrededor para poder aportar una respuesta positiva que nos lleve a aceptar y ayudar al que es distinto y diferente a nosotros.

2 Comentarios

  1. Qué bonito comentario Gabriel. De verdad que cada vez estoy estoy más convencida de que la empatía es la capacidad de saber amar al prójimo, sin necesidad de grandes hechos, incluso con pequeños detalles como los de la niña que tomaba de la mano a su compañero. Y de hacer posible lo que decía Jesús “amad a los demás como a vosotros mismos”.

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