Avanzado los años de este nuevo milenio, vemos como países latinoamericanos que se consideraban del tercer mundo poco a poco han superado sus obstáculos. Apoyados en todas las herramientas y voluntades que les son posibles, aseguran el bienestar creciente de la población que legitima así los esfuerzos de trabajo e innovación. Es lo que, sencillamente, deseamos para Venezuela que, de no atravesarse este régimen, con todos los problemas que tuviésemos, ahora gozaría de mejores e incomparables niveles de vida.

Pero la realidad es cruda, diferente, amarga y nadie, con las excepciones que confirman la regla, se imaginó el actual y dramático retroceso actual. Hemos despilfarrado miles de oportunidades, incluyendo el mayor ingreso petrólero de muchas décadas, generando recursos tan altos y de mayor cuantía que muchos de esos países que hablamos en vía de desarrollo. El camino a partir de 1999, fue en dirección contraria, y hacia el más descarado subdesarrollo, llevándonos a una desenfrenada, insalubridad, inseguridad, a un total desastre.

Ese subdesarrollo que vivimos y padecemos a diario, tiende a expresarse en la población con la imposición de los instintos básicos, como el de la conservación a toda costa de la vida o a sobrevivir de cualquier forma, sin importar los obstáculos que se nos presente en el camino. Esta supervivencia ha cundido todos los niveles de nuestro espectro de vida, social, político, institucional, y pare de contar hacia cualquier lado que lo miremos. Desde el poder, la violencia adquiere la jerarquía que ya había perdido en las relaciones sociales.

La supervivencia social, pura y simple, se proyecta en la supervivencia política. Ésta, ni siquiera manifestándose como supervivencia institucional, ha contaminado la propia concepción y el quehacer de la política, lo político y los políticos. Desconectados de las realidades y del mundo social, divorciados de los sufrimientos del ciudadano común, los dirigentes de esta hora apelan a cualquier expediente, desde la intriga a la delación, para mantenerse a flote.

Es tiempo de rectificar, recordar a quienes, desde distintas perspectivas, construyeron democracia en Venezuela, se trata de vivir un tiempo histórico llamado a superar y no meramente de sobrevivirle… A cualquier precio. No haciendo la política de mirarse al ombligo, haciendo política en pro de mejorar el país y a sus habitantes, hablando siempre con la verdad. Colocando a un lado las diferencias, que algún día se solventarán, pero ahora es tiempo de pensar en Venezuela y en los venezolanos.

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