Por Santiago David Távara

El triunfo del demócrata Ralph Northam como gobernador de Virginia debería dar unas señales bipartidistas tomando en cuenta que comparten casi por igual el balance del poder en la legislatura estatal. No se puede negar que la campaña electoral se tornó negativa cuando su entonces rival republicano Ed Gillespie utilizó el tema de las pandillas latinas y la inmigración para atacarlo.

Esa crítica que recibió eco del presidente Donald Trump, que al final no tuvo el efecto esperado por la victoria apabullante de Northam, quien ha cumplido funciones como teniente gobernador en los pasados cuatro años, durante el periodo del saliente gobernador demócrata Terry McAuliffe.

Los avances demócratas son impresionantes. Antes de las elecciones, la Cámara de Delegados la controlaban los republicanos por un amplio margen de 66 contra 34, pero el balance ahora se ha emparejado, entre desafíos judiciales y negociaciones para un poder repartido. De manera similar, los republicanos mantienen una mayoría frágil de 51 contra 49 en el Senado estatal.

La tarea de Northam, médico y ex senador estatal, ahora es avanzar con concesiones la agenda demócrata que incluye la expansión del programa de Medicaid a familias de bajos ingresos. Gobernadores en otros estados con legislaturas divididas, han ofrecido puestos de gabinete a legisladores del partido rival a fin de debilitarlo.

Esas tácticas son un arma de doble filo. Por eso el mensaje que Northam que debe emitir cuando asuma las riendas de la gobernación el 11 de enero debería basarse en el consenso y extender un ramo de olivo a los republicanos, que es lo que pide el votante, un trabajo bipartidista por el bien del estado.

 

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