Trata uno, cuando escribe, de no hacerlo con las vísceras. De no cargar de odios y bajezas los razonamientos y juicios respecto al accionar de aquellos a quienes adversan en cualquier esfera de la existencia o el pensamiento humano. La tolerancia, la prudencia y el debido respeto, tanto por quienes  adversamos como por quienes escuchan, leen u observan en el entorno, convocan al autocontrol, a ponerle freno a la provocación de los bajos impulsos. A colocar la razón sobre la emoción, lo racional sobre lo emocional.

Es lo que ocurre cuando hace  presencia la repugnante manera como el régimen pretende presentar como bueno el infrahumano y humillante trato que da a sus presos políticos, que los ha tenido por montón y aún tiene, pese a las excarcelaciones que ha realizado por estos días. Resulta insólito y despreciable que quienes en tiempos de la democracia representativa enarbolaban banderas en defensa de los derechos humanos, clamaban por una amnistía general y libertad plena de los presos políticos, hoy se conduzcan como los peores represores.

Cuánta indignación produce ver a varios diputados incorporarse y juramentarse ante la Asamblea Nacional tras salir del ilegal y humillante encierro en el que los mantuvieron por meses o años pese a que gozaban de inmunidad parlamentaria. No son pocos los casos de presos políticos que en la llamada cuarta república, aun siendo procesados por graves delitos, salieron en libertad en el mismísimo segundo en que resultaron proclamados diputados electos y fueron convocados para incorporarse al Congreso de la República.

Allí está el caso del irreductible general Raúl Isaías Baduel, el mismo a quien el fallecido Hugo Chávez le debió en abril de 2002 su restitución en la silla de Miraflores. Baduel está incomunicado y enclaustrado en La Tumba, tal vez una de las más siniestras salas de castigo que conozca la historia penitenciaria del país.  Las condiciones de reclusión de Baduel  y las de cualquier preso político de las cárceles rojas-rojitas, contrasta sideralmente con las condiciones privilegiadas que disfrutó Chávez tras su sangriento golpe de estado de 1992.

El cual costó la vida a cientos de venezolanos. Y contrasta, también, la libertad plena que recibió Chávez y el usufructo de sus derechos políticos con las minusválidas condiciones legales y comunicacionales en que los hijos de Chávez han colocado a los presos políticos que han sido excarcelados. Como no indignarse ante semejante burla a la legalidad.

 

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