Lo que tantos líderes de la oposición no han entendido es que están luchando en contra de una masa de gente víctima de un profundo e incisivo lavado cerebral, de una gente cuya forma de pensar ha sido mentalmente modificada  y que por lo tanto ya no tiene la suficiente personalidad como para tomar decisiones propias, en fin de una gente que habla, dispone, decide, y por lo tanto vota, no en función de lo que piensa, sino de lo que le han inculcado hábilmente esos pseudo líderes que están mandando.

Y así, según ellos, si hay carestía de artículos de primera necesidad es porque hay unos empresarios sin escrúpulos que han acaparado comida para luego revenderla a mercado negro, si hay inflación es porque hay comerciantes antipatrióticos que retienen su productos y luego monopolizan las ventas alterando los precios, si hay protestas callejeras, es porque pueden contar con el apoyo interesado del imperialismo americano. Es un lavado cerebral que mucho se parece a fanatismo y que hace que esa gente tenga una admiración ciega.

Hacia esa doctrina política al extremo de que considera inaceptable que haya personas que disientan. Es por eso que llegan al extremo absurdo de justificar aquello de que los que no están con nosotros, están en contra de nosotros. Y así en sintonía con esa forma de pensar absolutista pero obscurantista a un tiempo, esos fanáticos llamándolos así creen ser los únicos depositarios de la verdad, convencimiento que les da la facultad para imponer sus ideas hasta con la violencia.   

Ese fanatismo entonces se convierte en una forma de apasionamiento, tratando a como dé lugar de defender esas creencias con la falsa convicción de que son las mejores, menospreciando las ideas y las opiniones de los demás con una ceguera que impide tener un cuadro objetivo y real de la situación, llegando al extremo de considerar que los que no piensan igual, son apátridas y  traidores  de la causa nacional. En eso estriba la diferencia entre un fanático víctima de un lavado cerebral y una persona normal que piensa de una forma libre y democrática.

A tal propósito se  reconoce que el fanatismo político nació y  se propagó  con la difusión del marxismo cuya doctrina era considerada como una religión. Y ese extremismo marxista se ha repetido, con distintos parámetros y en distintas formas, en todos esos países.

 

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