En todas las elecciones realizadas en Venezuela desde diciembre de 1998, siempre ha habido un altísimo porcentaje de abstención, la cual ha permitido la victoria del chavismo y su permanencia en el poder. Por lo visto entonces, esa política renunciataria de la oposición de no ir a votar, con la ilusoria creencia de deslegitimar al régimen no ha servido para nada y, sin embargo, muchos dirigentes políticos de la oposición han decidido, en vísperas de las próximas elecciones presidenciales, volver a ponerla en práctica y no ir a votar.

Es cierto que el CNE no ofrece las mínimas condiciones de transparencia y de imparcialidad para que ese voto de verdad represente la voluntad popular. Hay más, es indudable que el sistema, puesto en acto por esos rectores que deberían velar por la correcta aplicación del artículo 63 de La Constitución según el cual el sufragio se ejercerá mediante votación libre, universal, directa y secreta, no es ciertamente un estímulo para que la gente vaya a votar. Todo lo contrario. Sin embargo, renunciar a ejercer un derecho tan sagrado como es el voto.

La historia enseña que abstenerse de ejercer un derecho establecido por La Constitución, por lo general ocasiona tragedias. Por ejemplo, cuando Mussolini tenía poco más de un año en el poder, los parlamentarios de la oposición, en signo de protesta por una serie de medidas autoritarias tomadas por el régimen fascista, se abstuvieron de votar. Esa huelga, mejor conocida como la huelga del Aventino, uno de los siete cerros de Roma, famoso porque allí fue donde se retiró la plebe durante su rebelión contra los patricios (494 a.C).

Ahora bien, si todas las encuestas aseguran que más del 80% de los electores votará en contra del Gobierno, si todas las encuestas dicen que más del 75% de los venezolanos quiere un cambio substancial en la conducción del gobierno, por cuál motivo esas lumbreras que dirigen la política de este país, no solamente se empeñan estoicamente en no participar a las elecciones sino que nadie propone una alternativa a esa abstención. Como decía Andreotti, a veces a pensar mal se comete pecado pero casi siempre se acierta.

A sabiendas no solamente de que al gobierno no le importa un pito de que la gente de la oposición no vaya a votar, sino que esa abstención más bien lo favorece, como ha sucedido, en las elecciones parlamentarias del 2005.

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