Thais Hernández

Las dictaduras comunistas no salen por elecciones ni negocian su separación del poder. Los ciudadanos llevan un año enviando el mismo mensaje. No se convalida ni parodias de negociación, ni farsas electorales. Los partidos del establishment se han hundido en el lodazal de su propio desprestigio precisamente porque no han comprendido que los tiempos de la gente no dan para esa pérdida constante de oportunidades a la que juegan los partidos, pensando en sus propios balances. Y cuando de convocatorias electorales se trata, el mensaje es similar a los ciudadanos.

Ya no están dispuestos a ser parte de la comparsa que necesita la tiranía para aparentar ser democráticaNo importa el costo. Tampoco el estrato social. Ocho de cada diez venezolanos sienten un profundo asco moral cada vez que el régimen intenta una de sus tragicomedias, donde nada es como parece, y desde donde el régimen hace esos montajes vanos que le permite decir que es el país más democrático del mundo, con la inefable colaboración de los que se prestan, esa izquierda exquisita que se facilita como contraparte de la sodomía política.

Mientras jadea pidiendo más, exigiendo más espacios, intentando presentarse como los únicos sensatos, prestos a cualquier cosa para evitar una violencia que, sin embargo, se cierne sobre los venezolanos a cántaros.  La gente está harta de la hiperinflación, y hace tiempo que se deslindó de los mitos asociados a cualquier narrativa de guerra económica. Los ciudadanos han llegado ellos mismos a la conclusión de que el que tiene todo el poder, el que hace gala de tener todo el control, el que dice tener en su puño la voluntad de la maquinaria del estado.

También tiene toda la responsabilidad sobre las consecuencias de sus decisiones. Los venezolanos ya saben los costos asociados al intervencionismo, las consecuencias que acarrean el que se controlen precios y costos, y que se impida el libre tránsito de las mercancías. Por eso se han resguardado en una economía subterránea, dolarizada, mientras esperan la liberación de todas esas ataduras propias de los delirios marxistas, llenas de obstáculos para los emprendedoras y plena de rutas rápidas para los corruptos.

La gente quiere probar la libertad de mercado, y espera que no se repitan las causas que, tarde o temprano, colocan a la economía de los países en la infeliz circunstancia de morder el polvo. Se  ansia un nuevo  liderazgo.

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