Vladivostok (Rusia), 14 sep.- Rusia y China han forjado en los últimos años una alianza estratégica en lo comercial y en lo político en contraposición a EEUU, pero nunca habían llegado tan lejos en lo militar como en las actuales maniobras conjuntas.

El campo de acción de esta incipiente entente sería Eurasia, el vasto territorio que va desde el enclave báltico de Kaliningrado a la península coreana tras cruzar la inabarcable Siberia.

Hasta ahora, el gigante asiático se había limitado a participar junto a Rusia en ejercicios antiterroristas en el marco de la Organización de Cooperación de Shanghái, que tiene en su punto de mira al separatismo uigur.

Pekín, que siempre ha sido muy reticente a desplegar tropas en el exterior, cruzó una de sus líneas rojas al enviar estos días a más de tres mil soldados, además de tanques, aviones y helicópteros, al otro lado de la frontera con el vecino del norte.

El objetivo ya no es hacer frente como en anteriores ocasiones al ataque de un comando terrorista o la liberación de civiles en un entorno urbano, sino rechazar un ataque enemigo en un teatro de operaciones de varios miles de kilómetros.

El Ejército Popular de Liberación no tiene ya nada que envidiar a las Fuerzas Armadas rusas y lejos quedan los tiempos en que China era el principal cliente de la industria armamentista rusa, ya que ahora fabrica su propios equipos militares.

Mientras algunos expertos alertaron sobre el peligro que supondrá para EEUU el tener que hacer frente al mismo tiempo a dos potencias nucleares, el Pentágono descartó que dicha alianza militar tenga posibilidades de prosperar.

“Veo pocas cosas que unan a largo plazo a Rusia y China”, comentó Jim Mattis, secretario de Defensa norteamericano.

Con todo, en un claro aviso a la Casa Blanca, en la intervención que abrió la parada militar, Putin destacó que Rusia y China garantizan la estabilidad en el espacio eurasiático.

Cuando ambos líderes hablan de “estabilidad”, se refieren a la no injerencia de EEUU en sus asuntos internos, algo que Rusia parece haber conseguido en el Cáucaso y en Asia Central, donde ya no quedan bases militares norteamericanas.

En cambio, el gigante asiático aún no ha podido contrarrestar la gran influencia de Washington en países como Japón, Corea del Sur o el sureste asiático, ya no digamos, Taiwán.

Dos días antes, Putin, y el líder chino, Xi Jinping, rechazaron en Vladivostok el “unilateralismo” estadounidense “en un contexto geopolítico cada vez más impredecible, cambiante e inestable”.

El ministro de Defensa ruso, Serguéi Shoigu, dejó claro que la implicación de Pekín en “Vostok 2018” no es flor de un día, sino que las tropas chinas participarán regularmente junto a Rusia en juegos de guerra.

No obstante, algunos expertos matizan que Pekín ve a Moscú más como un socio que como un aliado, que le apoya ciegamente en el asunto de Taiwán y nunca le llamará la atención por la violación de los derechos humanos.

Las tornas han cambiado con respecto a la Guerra Fría. China es ahora la gran potencia económica, política y militar, mientras Rusia sólo puede presumir de lo último.

Siberia es una cantera ideal de recursos naturales para el gigante asiático. A diferencia del inestable Oriente Medio, el país vecino le suministra de manera segura gas, petróleo, minerales y madera.

Eso sí, mientras Rusia está dispuesta a arriesgar y recibir sanciones por anexionarse ilegalmente Crimea, apoyar a los insurgentes ucranianos o intervenir militarmente en Siria, China prefiere la política de hechos consumados, sea con Taiwán o con las islas cuya soberanía también reclaman sus vecinos.

Además, Rusia tiene un problema con su vecino y es que, mientras en Siberia viven menos de 40 millones de habitantes -seis de ellos en el Lejano Oriente ruso-, en el sureste chino viven 200 millones de personas.

“La amenaza amarilla”, como llaman en Rusia a una posible invasión china de la Manchuria histórica, aún está latente, motivo por el que a China es mejor tenerla como aliada que como enemigo.

El próximo año se cumplirá medio siglo del conflicto fronterizo que enfrentó a ambos países durante varios meses y que provocó la ruptura entre ambos aliados comunistas.

Pero una de las demostraciones de que las cosas han cambiado es que en los acuerdos fronterizos firmados desde que Putin llegara al poder, el Kremlin cedió “generosamente” a Pekín las islas que fueron objeto de disputa en 1969.

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