El Uruguay de hoy lejos de ser la Suiza de América

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Hay tres fuentes de desempoderamiento que invaden la relevancia y singularidad regional de Uruguay, lo que resulta en una disminución de la autoestima nacional y en el agotamiento de sus energías utópicas.

Una de ellas fue que al acceder al poder, la izquierda, lejos de implementar un discurso radical jubiloso e impulsado por el triunfo, dejó de prometer el radicalismo o de consolidar el cambio.

En su lugar, hablaron de “capitalismo similar a la gente” y “capitalismo en serio”, que su líder más carismático y popular, el legendario Pepe Mujica, luego lo impuso durante su mandato como presidente.

La orgullosa sensación de autoestima del país como una singularidad original, originada desde su estatus político-administrativo bajo el gobierno colonial, se ha debilitado por la poderosa invasión de grandes narrativas de la modernidad, que han desafiado la idea de que Uruguay es algo único.

El país, que orgullosamente se consideraba la ‘Suiza de América’, que solía pensar que ‘no hay nada como Uruguay’, el pequeño país modelo que pensó que podía llevar experimentos sociales similares al Estado del bienestar sin ser arrastrados por el peso de viejos conflictos históricos como en Europa ya no es el mismo. Así, el orgullo en la singularidad se diluyó.

El ejercicio del deber de gobierno impide cualquier expansión de utopías e ideologías radicales. La rutina política implica concesiones, desradicalización ideológica, dominio del liderazgo, distanciamiento de las bases y burocratización de los partidos.

Esto se ve agravado por el otorgamiento de un ministerio a cada fracción con un electorado importante dentro de una coalición (Frente Amplio) cada vez más multifacética. La continuidad en el poder no se renuncia a manipular a las masas en las elecciones y en los nombramientos de aliados personales a puestos clave. Uruguay carece, en términos relativos, de un sentido de sociedad civil.

Es una nación centrada en el estado, creada por un estado y gestionada dentro de un sistema binario por dos partidos que abarcan todo (Blanco y Colorado), cuya hegemonía ha estado en juego durante más de 150 años, hasta la llegada del Frente Amplio como un contendiente plausible en los años 80, y luego como un ganador en 2004.

A pesar de que Uruguay es un país altamente urbanizado y demográficamente concentrado, la esfera pública no se caracteriza por una relación ascendente y proactiva, sino por una aplicación de decisiones de arriba hacia abajo y una inclinación hacia quejarse y amenazar con el castigo electoral al tipo de crítica o que define una democracia madura. Los planes y programas desempeñan un papel retórico al exhibir la capacidad del gobierno, pero su contenido es desconocido para casi todos.

La aparición de encuestas de opinión pública nacionales y regionales produce cifras y difunde temas que otorgan popularidad y legitimidad sin debate. Los medios de comunicación tienen cada vez menos tiempo para los debates y llevan un contenido cada vez más breve, explosivo, y menos analítico. El tiempo televisivo está reemplazando a la radio y la prensa escrita en la construcción de un espectáculo político, y las redes sociales (Uruguay es el país con el mayor uso de Internet y redes sociales en América Latina) exacerba la creciente falta de debate y propuestas.

Siguiendo la tendencia marcada por la publicidad y el marketing comercial, la política está reemplazando rápidamente los intentos de convencer a través de la persuasión cognitiva retórica, los esfuerzos de seducción emocional y poética. Los partidos políticos, que nacieron de una lucha entre “caudillos” y “médicos” y luego se convirtieron en fuerzas parlamentarias, han estado en una constante pausa en los últimos 20 años.

El Frente Amplio que hoy gobierna el país lo está tirando cada vez más abajo y dilapidando las posibilidades de éxito de las generaciones futuras.  El gasto y despilfarro del actual gobierno no hace otra cosa que asegurarles a los jóvenes uruguayos que su futuro estará en el exterior.  Si Uruguay no cambia de dirección y apunta a la misma dirección en la que estuvo durante gran parte de su historia las posibilidades de que vuelva a ser “la Suiza de América” se seguirán diluyendo.

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