La corrupción enquistada en América Latina

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Ustedes saben qué tienen en común un fiscal general mexicano, un ex ministro brasileño o un vicepresidente uruguayo?

Todos ellos fueron atrapados, de una manera u otra cometiendo grandes actos de corrupción. Esto puede impactar a cualquiera pero en la actual realidad latinoamericana no impacta de la manera que podría esperarse. De hecho, se ha vuelto bastante claro desde 2014, cuando comenzó la investigación de “Lava Jato” en Brasil, que es mucho más probable que se detecte y castigue la corrupción en América Latina pero que a la vez siga sucediendo una y otra vez. Más bien, lo que es realmente sorprendente es que muchas de las élites políticas y empresariales de la región continúan comportándose como si no hubieran recibido la nota.

Ya sea por los viejos hábitos, la ausencia de una reforma significativa, o pura codicia. Pero la persistencia en continuar con las viejas prácticas ya está teniendo repercusiones mucho más allá de las crecientes filas de magnates, ex presidentes y ministros que se pueden encontrar en las celdas de las cárceles de Brasilia, Lima y Buenos Aires. La ira por la corrupción se ha convertido en el principal problema público de la región en un momento en que, durante el próximo año, casi dos tercios de los latinoamericanos elegirán un nuevo presidente.

La falla colectiva del “establishment” para entender a las personas de a pie, está empujando a los electorados a votar por estos “personajes” como Bolsonaro que prometen derribar todo el sistema, lo bueno y lo malo. El peor resultado potencial no es un Donald Trump, es un Rodrigo Duterte. En algunos países, especialmente en Brasil, no es exagerado decir que la democracia en sí misma está en riesgo.

La ola anticorrupción de América Latina se ha celebrado con razón como un hito, otro paso adelante para una región donde la democracia y el capitalismo han florecido en gran medida en los últimos 30 años. Las causas subyacentes detrás de la tendencia incluyen el aumento de los poderes judiciales nacionales independientes, el poder de las redes sociales y los teléfonos inteligentes para hacer brillar la luz donde antes no existía, y una clase media que ha crecido en más de 60 millones personas en los últimos años, y ahora está menos preocupada por los problemas personales y más centrada en el buen gobierno.

Desde México hasta Colombia y Argentina, el hambre por un estado de derecho y responsabilidad es inconfundible, incluso si el ritmo del cambio varía ampliamente. Prácticamente todos los líderes latinoamericanos al menos han prestado atención a la necesidad de cambio. Pero muchas acciones han sido incompletas en el mejor de los casos y contraproducentes en el peor de los casos.

Pocos parecen captar completamente la profundidad de la ira del público. Si se toma los presidentes de los siete países más poblados de América Latina, solo uno de ellos tiene un índice de aprobación nacional superior al de Trump. Las circunstancias varían, pero la furia pública por los escándalos es un factor significativo, o el factor principal, detrás de su baja popularidad, que a su vez ha obstaculizado los esfuerzos de reforma económica y ha dejado a varios países sintiéndose a la deriva.

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