Israel: promisoria brecha generacional en la comunidad jaredí

Por Evelyn Gordon

Últimamente, al leer los titulares israelíes, se observa por qué muchos judíos estadounidenses están convencidos de que el extremismo ultraortodoxo va a peor. El otro día los partidos jaredíes (ultraortodoxos) lograron que la coalición de Gobierno aprobara una ley que impide a los conversos no ortodoxos utilizar los baños rituales estatales para sus conversiones. A principios del mes pasado, los tribunales rabínicos, controlados por los jaredíes, se negaron a reconocer las conversiones llevadas a cabo por un prestigioso rabino ortodoxo estadounidense, Haskel Lookstein. Y hace ya unos meses los partidos jaredíes bloquearon la aplicación de la sensata promesa de Natan Sharansky sobre el culto no ortodoxo en el Muro de los Lamentos.

Sin embargo, si sólo se leen estos titulares se pierde una parte de la historia: los jaredíes más jóvenes, aun apasionadamente comprometidos con el judaísmo ortodoxo, están rechazando cada vez más las duras posiciones de sus líderes rabínicos en múltiples asuntos, entre ellos el trabajo, el servicio militar, los estudios académicos y el aislamiento de la comunidad.

Empecemos por el trabajo. Oficialmente, los líderes rabínicos siguen sosteniendo que los hombres deberían estudiar la Torá a tiempo completo. Pero la proporción de hombres jaredíes que ingresan en el mercado laboral sigue creciendo de manera estable, y el año pasado superó el 50% por primera vez desde que Israel empezó a llevar un registro de los datos. Actualmente es un 51,2%, y el Gobierno espera que crezca hasta el 63% en 2020.

En cuanto a las mujeres jaredíes, quien crea que están confinadas en la cocina se ha quedado muy anticuado. El año pasado trabajaba el 73,1%, frente al 61,5% de hace sólo cinco años. Esto ya supera con creces el objetivo del Gobierno del 63% para 2020. Y como la comunidad jaredí no puede proporcionar empleo suficiente a todas esas mujeres, se están integrando cada vez más en la economía general, sector de la alta tecnología incluido. Esto conlleva obviamente un mayor contacto con no jaredíes.

Las nuevas actitudes hacia el trabajo también están influyendo en una nueva generación de políticos jaredíes. Haaretz publicó hace poco un fascinante perfil de Israel Porush, el alcalde de 36 años de la ciudad jaredí de Elad, cuyo padre y abuelo fueron destacados miembros de la Knéset y viceministros. Los viejos Porush se centraban en lo que afectaba a los jaredíes. Pero el joven alcalde tiene un objetivo distinto: según palabras de la periodista Meirav Arlosoroff, pretende que pueda trabajar “el mayor número posible de habitantes de la ciudad”. Para dicho fin, no sólo ha llevado a Elad proyectos empresariales como un centro de desarrollo de software; también ha negociado acuerdos con dos Gobiernos municipales vecinos –uno judío secular y otro árabe– para crear parques industriales conjuntos.

En materia de educación, el cambio es igualmente radical. No sólo la cifra de jaredíes escolarizados se ha disparado hasta el 83% (11.000) entre 2011 y 2015, sino que las actitudes hacia los estudios seculares en los institutos también están cambiando.

Sin embargo, sería difícil imaginárselo viendo a la generación sénior de políticos: recientemente la coalición de Gobierno accedió, a instancias de los partidos jaredíes, a derogar una ley que imponía sanciones económicas a las escuelas jaredíes que no impartían el currículum básico.

Pero al día siguiente el Jerusalem Post citaba una nueva encuesta que revelaba que el 83% de los padres jaredíes querría que sus hijos fuesen a institutos que impartieran materias seculares junto a las religiosas, como ya hacen los institutos femeninos jaredíes. Otro 10% lo consideraría como opción. Además, el artículo señalaba que el número de jóvenes jaredíes que va a escuelas talmúdicas, que preparan a los alumnos para acceder a los exámenes seculares, se ha duplicado desde 2005. Aunque la cifra sigue siendo baja (1.400 matriculaciones este año), los resultados de la encuesta indican que esto podría deberse menos a la escasez de demanda que a la escasez de oferta: actualmente sólo existen doce escuelas de este tipo.

La encuesta también da credibilidad al ministro de Educación, Naftalí Bennett, cuando dice que no hace falta una legislación coercitiva para resolver el problema de los estudios seculares. Ayudar a que se pongan en marcha ese tipo de escuelas, en lugar de ponerles obstáculos, podría ser igual de efectivo, si no más.

También en el servicio militar se puede apreciar un cambio. En 2014 había 2.280 jaredíes alistados, más o menos un tercio de los que estarían alistados si todos los jaredíes varones se hubiesen unido al Ejército al cumplir los 18 años. Y en algunos lugares las cifras son más altas: en Elad, donde gobierna Porush, en torno al 40% de los hombres realiza el servicio militar.

Además, el estigma contra el servicio militar se está viniendo abajo rápidamente. Como señaló hace poco Rachel Levmore, miembro del comité del Gobierno que nombra a los jueces de los tribunales rabínicos, el más alto tribunal rabínico de Israel nunca había tenido un juez que hubiese hecho el servicio militar. Pero tras la ronda de nombramientos de julio la mitad de sus jueces son veteranos, incluidos dos jaredíes sefardíes y un jaredí askenazí. Esto último es aún más reseñable, porque el servicio militar es mucho menos común entre los jaredíes askenazíes.

Como escribe Levmore, estos nombramientos lanzan un importante mensaje: el servicio militar ya no resta méritos a un jaredí para acceder a cargos rabínicos de relevancia. Hoy se puede hacer el servicio militar y ser nombrado para la Corte Rabínica suprema, con la aprobación unánime de un comité que incluye a líderes rabínicos jaredíes y a un miembro jaredí de la Knéset.

Es cierto que estos cambios en la comunidad jaredí no darán lugar a cambios de actitud en su cúpula en el corto plazo. Los líderes rabínicos jaredíes son nonagenarios, y serán sustituidos por hombres con una edad similar. Dicho de otro modo: son productos de un mundo muy diferente; uno en el que el Holocausto barrió de la faz de la Tierra a la mayor parte de la judería europea, donde el Ejército y el sistema educativo de Israel buscan activamente crear judíos nuevos según el molde de la élite secular dirigente, donde reconstruir el mundo de la Torá era el imperativo prioritario y donde el aislamiento del conocimiento y la sociedad seculares se consideraban esenciales para lograr este objetivo. Esta es la visión del mundo que han absorbido en sus años de formación, y no la van a abandonar en su vejez.

Pero los jóvenes jaredíes crecieron en un mundo muy diferente; uno donde está renaciendo el estudio de la Torá, donde la población religiosa está creciendo y las instituciones del Estado –desde el Ejército hasta las universidades– dan la bienvenida a los jaredíes sin intentar que dejen de serlo. En consecuencia, esta generación se siente menos amenazada por el mundo secular, se siente segura de sus capacidades para trabajar, va a la facultad e incluso hace el servicio militar sin perder su identidad jaredí.

El cambio de abajo arriba suele ser más lento que el que se hace de arriba abajo, pero también tiende a ser más duradero. Por lo tanto, los titulares de los últimos meses inducen a error: los cambios en la comunidad jaredí, tomados en conjunto, dan buenas razones para el optimismo.

© Versión original (en inglés): Commentary

 

Esta columna fue publicada originalmente en revista El Medio agosto  de 2016. Reproducida en USA Hispanic con autorización explícita de dicha fuente

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